La Dictadura Perfecta

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En la filmografía de Luis Estrada de la última década y media es posible encontrar la constante del retrato paródico de nuestra relación con el poder, y de las dinámicas sociales alrededor de fenómenos profundamente importantes en nuestro país.

El retrato del poder político, de la herencia de costumbres, creencias y patrones de comportamiento que nos dejó el control del PRI en gran parte del siglo XX fue el centro de la entonces polémica La Ley de Herodes, que tocaba fibras sensibles en los círculos de poder y fue objeto del último intento de censura estatal cuando estaba por presentarse en el Festival de Cine Francés en Acapulco.

El retrato de lo que vino con el neoliberalismo económico y el arribismo social que lo acompañó fue el eje de Un Mundo Maravilloso.

Para El Infierno, la observación fue hacia la guerra contra el narco, su futilidad y absurdo, y cómo el poder, condicionado por circunstancias y contextos, seguía siendo un arreglo entre partes que por fuera se decían contrarias, pero por debajo del agua siempre han estado coludidas o dependen la una de la otra para su funcionamiento en el círculo vicioso que es el sistema político, económico y de poder en México.

Siempre en ese tono de humor paródico en el que te ríes de lo que conoces, aunque duela.

Como parte de esa evolución de observaciones críticas e incómodas (aunque ahora, curiosamente producida con apoyo de la empresa que más podría ser criticada en la película: Televisa. Un punto extra cinematográfico que merecerá ponerle atención en lo referente a cómo esa empresa juega con esta relación de una forma u otra, o el significado de este tipo de dinámicas entre poder y artistas –échenle un ojo a la historia real de Cantinflas y el PRI- que conocemos de décadas anteriores: porque para nada puede ser accidental su estrategia de apoyo y luego semi-abandono), La Dictadura Perfecta da un paso hacia atrás para ver una foto más amplia y aprovecha las referencias del pasado cercano para crear una parodia con tono de alarmista ensayo sobre el futuro también cercano que nos podría deparar que los medios, el verdadero poder detrás del poder como se argumenta a partir de la idea de que la televisión ya puso un presidente, hagan de las suyas nuevamente para el próximo sexenio.

Ese es el punto central de La Dictadura Perfecta. La mirada a futuro de lo que puede pasar si algo como lo que hemos visto o vivido se repite. En ese sentido, el juego en el uso de los tiempos de Estrada y su co-guionista de cabecera, Jaime Sampietro, resulta muy eficiente. La película es al mismo tiempo y sin entrar en conflictos para el espectador, una mirada a un pasado reciente, un constante recordatorio del presente que conocemos y una fábula que se mueve en el futuro del próximo proceso electoral.

Y para ello, se apoya en una historia con varias líneas que hace guiños a esos casos recientes que nos dejan perplejos sobre la situación de nuestro país y lo que se convierte en noticia, morbo, tema de conversación o política pública.

Entre estas historias están las del presidente incapaz de hablar inglés correctamente y que pronto desata una crisis de imagen internacional gracias a la metida de pata de andarle diciendo al embajador estadounidense en nuestro país que si nos dan chance a los mexicanos, nos encargamos de todos los trabajos, “hasta los que los negros no quieren hacer”.

Memes, burlas y todo lo que se entiende como viral en nuestros tiempos digitales y de redes sociales, saltan a la luz pública. Es hora de que alguien resuelva esto. Y ese alguien, es la televisora, TV Mx, quien ayudó al otrora candidato a llegar a Los Pinos.

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Para distraer la atención de la gente, nada como un video escándalo en un noticiero nacional. Las imágenes del Gober Vargas con maletines y fajos de billetes se convierten ahora en el tema a discutir. El video, filtrado por la propia empresa, cumple su cometido.

Pero ahora será Vargas quien querrá que la televisora lo ayude a salir de ese problema en que lo metieron. Y así será.

Ahí aparecerán otros distractores, cuyo parecido con noticias y acontecimientos reales, no es mera coincidencia, como lo aclara la película en sus primeros minutos.

La puesta en escena de un arresto, la extrema dramatización de la desaparición de unas niñas, los usos y abusos de la televisión como mecanismo de control masivo de la atención o preocupación nacional, la creación de gobernadores paladines de la justicia, el juego de los mesías políticos que son villanos y un peligro para México.

La Dictadura Perfecta teje estas y otras historias para mostrar el detrás de bambalinas de la producción de los contenidos mediáticos que conocemos como noticias.

Divertida, con un amplio y variado reparto (Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Alfonso Herrera, Silvia Navarro, Sergio Mayer, Dagoberto Gama, María Rojo, Saúl Lisazo, Osvaldo Benavides, Salvador Sánchez, Tony Dalton) que apela a atraer a un amplio público (notoria la presencia de actores y actrices que muchos identificarán como ‘de televisión’), con buenos momentos de humor, la más reciente película de Estrada apuesta a poner de nuevo un tema de discusión colectiva en la mesa.

No ofrece respuestas o soluciones, no es esa su intención ni su meta. Es un detonador de una charla, de una preocupación , de una conciencia de la forma en que la realidad funciona. Por la vía de una comedia con un humor particular.

Aunque muchos quieran encontrar aquí un trabajo de exposición y confrontación directa del poder, no lo encontrarán porque esa no es la función de este filme, ni lo que quiere su director. Lo que Estrada sigue haciendo, y hay que reconocer, es acercar estos temas en modos y formas que más gente pueda descubrirlos y hablarlos. Sin exceso de clavadez intelectual o de superioridad. Con historias reconocibles y sencillas.

Como parte de esa filmografía de retrato social que ha realizado Estrada, La Dictadura Perfecta es una película valiosa para el cine nacional. Puede incomodar a algunos en el poder político y en las altas esferas de los medios, pero también demuestra que se puede hablar de esto ya sin tanto prejuicio y que la era de la censura burda y directa ha sido claramente superada.

Y que de eso se hable en una cinta que busca entretener y divertir, llegar a un público amplio (por eso están ahí Poncho Herrera y oros actores/actrices), es algo bueno.

Si de repente nos quejamos de que el cine nacional se mece entre la extrema superficialidad de sus comedias y producciones taquilleras (basta pensar en Eugenio Derbez o las películas de Martha Higareda) y las intensas digresiones y reflexiones artísticas/sociales/culturales para un público más específico de directores como Amat Escalante, Reygadas o Eimbcke, cintas como las de Luis Estrada se posicionan en un interesante punto medio.

Para los amantes del maniqueísmo esto podría ser algo a criticar, en lo personal, creo que es una de las razones más fuertes para ir a disfrutar esta película y luego ponerse a pensar.