Puto y la falacia de su defensa

Brazil v Mexico: Group A - 2014 FIFA World Cup Brazil

La noticia es ya conocida por la mayoría. La FIFA abrió una investigación por el infame grito de ‘puto’ que aficionados mexicanos acostumbran gritar cada vez que el portero contrario hace un saque de meta.

Primero lo primero. Sí, la FIFA, ese ente extraño, poco justo y nulamente transparente ha decidido investigar los polémicos hechos a pesar de la nula congruencia de otorgar los próximos Mundiales de Futbol a Rusia y Qatar, donde la homosexualidad es considerada ilegal.

Sobre todas las incongruencias y lados oscuros de la FIFA, John Oliver realizó una extraordinaria pieza de periodismo/comedia que expone por completo a la organización.

Sí, hay incongruencia. Y a menos de que hayan pasado una vida en una cueva, el mundo está lleno, lamentablemente, de esto. ¿Quieren entrarle al tema de la incongruencia en políticos, en servicios, en empresas, en medios? No acabaríamos. Como sea, la dudosa reputación de la FIFA no es argumento para que no se puedan señalar, analizar o investigar estos otros polémicos hechos. Sí, habrá que poner atención a esos puntos pendientes, pero esa es otra historia.

Regresando al tema, hagamos un poco de memoria para poner en contexto el grito de Puto en los estadios mexicanos. El nacimiento del ‘fenómeno’, según se ha narrado y descrito en bastantes ocasiones, suele remitir al regreso del ex portero de la selección mexicana, Oswaldo Sánchez, al estadio Jalisco, para jugar contra su otrora equipo, el Atlas, ya como titular del acérrimo rival, las Chivas. Estamos hablando de los primeros años del siglo XXI. O sea, hace apenas poco más de una década.

Sí, el grito nació al interior de ese ritual complejo y extraño que es un partido y un estadio de futbol. Donde la fiesta y el exceso suelen reinar las decisiones en masa de los asistentes. El grito fue para llamarlo poco hombre, para denigrarlo y distraerlo, para decirle que eso que había hecho abandonando equipos (primero al Atlas, luego el América) para irse con odiados rivales, estaba mal. Y quien diga que no había una clara intención agresiva al gritarle, miente. Le decían Puto porque era una manera de decirle que se vendía por dinero (uno de los significados de la palabra): Hombre que recibe dinero… por jugar futbol con cualquiera, por tener sexo con cualquiera. Y como recibes dinero por jugar fútbol, en la fértil imaginación del fanatismo futbolero nacional, lo estás recibiendo por dejarte hacer lo que sea.

El albur, tan mexicano como lo que más, es una competencia de somatización sexual vía el lenguaje. Y lo sabemos todos. El doble sentido, el uso de esos significados varios en diferentes palabras, en nuestro uso del lenguaje, refiere a una batalla para vencer al otro y someterlo. Literalmente, ‘cogerse’ al otro en un duelo de palabras.

Y en conexión con eso, en el imaginario colectivo, el perdedor es el puto, el que permite que otro lo sodomice. Y la referencia tiene una clara connotación hacia las preferencias sexuales. Quien deja que otro lo someta en esta batalla es el puto. Y el puto, el homosexual, es menos en la imaginación compartida.

Es imposible en el ejercicio diario ( y vivo) del lenguaje, que los varios y complejos significados de esta palabra dejen de existir. La palabra puede significar otras cosas, sí, pero en el imaginario colectivo, seamos honestos, no por poder significar algo más, deja de significar discriminación y agresividad al de preferencia sexual distinta.

O, por favor, todos los que defienden su natural uso como simple sinónimo de débil, (y que nada quede de referencia en el término a la homosexualidad) que la usen la próxima vez que estén con hijos o niños. Siéntanse cómodos de que seguro también sabrán separar significados y sabrán cómo usarla. O úsenla en la próxima reuión familiar o laboral cuando quierandecir que alguien es muy pusilánime o cuando solo quieran distraer a alguien. Úsenla por favor los colegas en sus próximos programas de radio o televisión o en columnas, si es tan real que se puede usar con gran facilidad, removiendo de la palabra PUTO, toda inferencia de índole sexual.

Curioso que para muchos la defensa venga por el argumento de una costumbre, de un folclor de los estadios mexicanos o de la idiosincrasia nacional. A ver, esto no es una costumbre, es un fenómeno replicado durante menos de una década, y solo en los últimos años se ha convertido realmente en una moda. Darle a algo así el peso de costumbre cultural como cantar el Cielito Lindo es no dimensionar adecuadamente el fenómeno. No es algo que hayamos visto por décadas, que hayamos escuchado y asimilado de generación en generación cuando íbamos desde pequeños a los estadios. De dónde sacan que esto es una representación de conducta social nacional cuando apenas se ha dado por un lustro. Cultura es la Guelaguetza, folclor es el penacho en el estadio o hasta el disfraz del Chapulín Colorado. No confundamos.

Pero pongamos algunos matices y referencias para explicar un poco más a fondo algo más de esta polémica, de nuestra reacción a ella, su curiosa defensa y lo que puede significar.

Yo sé que amigos me pueden llamar ‘puto’ en una conversación sin una intención homófoba. Pero en tal caso habrá en ambos una capacidad de descifrar ese particular significado. Hay un contexto particular, un código y entendimiento compartido.

En las ‘conversaciones motivacionales’ al interior de una cancha, o en una carrera, te dices de todo, te mientas la madre, animas a alguien pendejeándolo, pero solo si sabes cómo lo entiende y asimila el otro. Solo si hay una mutua complicidad en cómo descifrar el mensaje.

En el uso del lenguaje, esa práctica es automática. Sabemos adaptarnos a nuestros interlocutores según un código entendido entre ambas partes: por eso a nuestros padres les contamos cosas de forma distinta que a nuestras parejas, o amigos, o sus conocidos del trabajo. Hay códigos vivos en constante adaptación.

Pero este tipo de fenómenos de comunicación, cuando aplican complejas interpretaciones del lenguaje, funcionan distinto al darse como manifestaciones colectivas (y más aún en espacios públicos). Se pierde por completo el control del contexto y el código necesarios en lo privado para que esto no fuera agresivo o en mala onda.

Recuerden esta escena: final del mundial infantil de fútbol Sub 17. 2011. Estadio Azteca. México vs Uruguay. Cada que despeja el balón, decenas de miles de personas le gritan ‘puto’ a un adolescente cuya única culpa ser el portero de la selección Uruguaya. Como bien infiere y señala Álvaro Enrigue en su texto sobre este polémico asunto en El Universal, ¿no es eso bullying?.

Y ahí se asoma un poco el fondo del asunto. El reconocer en qué tipo de etapa y edad mental-social estamos. Si somos aun niños y adolescentes capaces de hacer bullying colectivo y decir lo que sea amparados en la idea de que ‘pasa en el estadio’, ‘ahí no cuenta, es distinto’ o un ‘yo no lo dije con esa intención, allá ellos cómo lo toman’.

Es infantil (como sociedad supuestamente preocupada por atacar desde una raíz cultural y de educación problemas sociales como la discriminación o el clasismo) que nuestro argumento para hacer algo así sea: Es que es en el desmadre. En la fiesta. Entonces no cuenta. Como si la fiesta nos eximiera de cualquier posible obligación o responsabilidad. El valemadrismo egoísta como filosofía de la fiesta a la mexicana.

Y esa es otra cosa del lenguaje vivo del que algunos hablan: las palabras tienen poder y peso. En ciertos contextos pueden perderlo, pero es en la dinámica de que alguien lo interprete?—?con sus propios referentes y contextos- donde recobra su efecto grosero y agresivo. No podemos decir, “bueno, es que están bien weyes por no entender que es en broma”. No, en el lenguaje vivo que muchos toman como escudo para hablar de las acepciones de la palabra, la decodificación o interpretación del mensaje es parte importante del proceso de comunicación. Que sea agresivo para alguien más, no se cancela porque no lo hayas dicho con esa intención. Eso no le quita el derecho al interlocutor de interpretarla de otra manera. Con otro contexto o circunstancias, como puede ser verlo como un extranjero en Brasil que es testigo de la curiosa manera de presión al rival del aficionado mexicano en masa.

El significado colectivo sigue siendo de una palabra para denigrar. El sentimiento general es que más de la mitad de la gente en nuestro país no viviría con alguien con orientación sexual no tradicional-heterosexual.

Y no debemos olvidar o negar que vivimos en una sociedad donde en la práctica los significados que tiene la palabra siguen remitiendo a discriminación y agresividad. No nos hagamos. Y en el ejercicio masivo, sin códigos claros, lo que hace algo así es confirmar en la psique colectiva que esa palabra sirve para ofender.

Imagínenla sin estos códigos y contextos que entre adultos comprendemos y filtramos por nuestra elaborada y compleja relación con el lenguaje y las palabras, fuera del ejercicio de comunicación privada de una conversación con un (o varios) interlocutor(es) definido(s).

El caso: el niño que lo ‘ve’ como algo natural. Y lo replica. Gritándole así al compañero de salón que se pone nervioso al pasar frente a la clase… y para ponerlo más nervioso aún, no ciertamente por homófobo, le grita ‘putooo!!’. ¿No es bullying? ¿No es discriminación? ¿No tiene nada de agresivo, verdad?

Y en verdad, superemos la idea de que esto puede ser una costumbre (vaya que en poco tiempo la adoptamos férreamente). Porque hay costumbres que no vale la pena mantener.

Un botón de prueba: México también ha tenido (y tiene, muy tristemente) como una arraigada costumbre social la violencia hacia las mujeres (los datos actuales e históricos no mienten, las dinámicas familiares aprendidas y heredadas de mujeres sumisas y machos abusivos, ambos roles, fuertemente aplaudidos durante generaciones, lo confirman). Revisemos las cifras de violencia en el país. El asunto es actual e innegable. Como el clasismo y la discriminación. Y el no responsabilizarnos de lo que como sociedad, en colectivo, provocamos perpetuar o corregir en nuestras costumbres y usos del lenguaje define muy bien nuestras intenciones o miradas. Si seguimos metidísimos en la adolescencia social o en verdad queremos acercarnos a una etapa adulta.

Se trata de una cuestión de definición colectiva, como sociedad, de hacia dónde queremos ir. Hacia la cultura que defiende esos excesos porque así eran antes o son desmadre, o los que piensan en otros, en cómo puede ser interpretado y afectar a otros lo que hacemos.

Si queremos que nuestros hijos y sobrinos aprendan algo como gritarle en la excitación de la fiesta al portero contrario para ponerlo nervioso algo que otros (con todo derecho, pueden tomar como ofensivo) o aprender a pensar en otros, como los aficionados japoneses que se ponen a limpiar la parte del estadio donde estaban antes de retirarse, a pesar de que no tienen que hacerlo.

Esto habla de lo que queremos mostrar como nuestro. Como identidad. Eso es cultura, y es algo vivo que se va adaptando, corrigiendo. Es tomar responsabilidad de que las cosas significan algo y provocan algo.

Este grito y su defensa son un rezago de nuestra adolescencia social. De esa etapa entre inocente y francamente estúpida donde como sociedad podíamos pensar que estaba bien pegarle a una mujer o discriminr a alguien por su condición social, origen étnico o preferencia sexual (suena real y cercano, ¿no?), de denostar a chachas, a indios, a maricones y lesbianas.

No hacernos cargo de nuestra relación con el uso del Puto en un estadio (aquí o en el Mundial) es una continuación de nuestra adolescencia.

No es como si fuéramos a dejar de usar la palabra, pero la queremos gritar y defender como si dijera algo de nosotros, de nuestra identidad irreverente y fiestera. No, no dice nada. De eso dicen mucho las fiestas de pueblo, las bodas y los XV años. Las fiestas para inaugurar una casa, o celebrar lo que sea, cerrando la calle.

Vamos saliendo poco a poco de esas creencias y prácticas retrógradas (aunque aparezcan los Chemas Martínez Martínez con ideas anacrónicas), es un proceso social lento, y quizás este sea un interesante momento de prueba y reflexión.

Es hora de pensar más allá de uno mismo, del desmadre personal, y considerar a otros, en cómo podemos hacer que no haya palabras que en su uso masivo y en espacios públicos lastimen a otros. Es claro que algo así es pedir demasiado de muchos. Primero están ellos, y luego ellos mismos. Y poder gritar lo que Ellos quieren.

No es sobre tenerle miedo a las palabras, es sobre saber usarlas. Saber jugar con ellas y ser responsables de ellas, en lo personal y en lo colectivo. Resulta una muy interesante reflexión general que esto sucediera, y abrió un rico debate alrededor de nuestros comportamientos y de lo que puede decir de nosotros.

Puto y la falacia de su defensa