Sangrienta mañana

Creo que pequeños detalles como donar sangre cuando desafortunadamente alguien importante para un amigo lo necesita, bien valen la pena una desmañanada y un piquete, y a uno no le cuesta gran cosa.

Tales fueron las circunstancias para que Pequeño Ed (un individuo de 1.90 mts y seguramente 90 kilos) y yo visitáramos la mañana del jueves un hospital en calidad de donadores.

No haré mención de la innecesaria perdida que gracias a la casi inexistente capacidad de orientación de Giuseppina en la ciudad (la sobrina de quien necesitaba que repusiéramos plaquetas del banco de sangre), provocó que en lugar de llegar poco después de las 8 al nosocomio, hicieramos nuestra entrada triunfal casi a las 9.

Para una mañana en ayuno, no hay nada màs agradable que responder un cuestionario con preguntas como ¿Ha tenido usted relaciones sexuales con otro hombre?, ¿Ha utilizado drogas intravenosas en las ùltimas 72 horas?” u otras fancamente estupidas como ¿Ha comprendido usted las preguntas?

Cuando finalmente dejamos atrás el engorroso trámite, nos tocó pasar a entrevista (imagino que hacerlo a uno responder 45 preguntas y firmar no es suficiente) con una doctora que volvía a repetir los mismos cuestionamienos, más otros como ¿Cuantas parejas sexuales ha tenido en los últimos 5 años?, ¿Y en el último año?, y ¿Está seguro de que no ha tenido sexo con otro hombre?… esta última de plano se mereciò un Estoy seguro, creo que lo recordaría. Finalmente la doctorcita dijo OK, puedes donar y pasé a una sala donde Pequeño Ed ya estaba siendo vaciado de su respectivo medio litro de sangre.
La fortuna de ir a hacer esto con un buen amigo es que no te tienes que quedar callado o aburrirte, y en el caso particular con Ed, se puede bromear sobre lo que sea (doctores, enfermeras, demás pacientes, el equipo, etc).
5 minutos después ya estaba yo siendo acostado y una aguja que parecía un arpón trataba de entrar en mi brazo. Una vez adentro, mis malditas venas decidieron ocultarse y al doctor no le quedó de otra más que buscarlas con la punta de la aguja, como si se tratara de una excavación para poner los cimientos para otro segundo piso del periferico. Imaginen esta escena y a Ed riéndose a un lado del grotesco espectáculo en el que mi flaco brazo y la aguja se hacían uno y se confundían a la hora de que la sangre comenzaba a dejar mi cuerpo, ese lindo lugar donde habia vivido por no sé cuanto tiempo.
Mi reclamo llegó cuando supe que según el tamaño, cada persona tiene una cantidad distinta de sangre y que por nuestras complexiones y estaturas, Pequeño Ed tendría unos 7 litros y yo seguramente 5. Sin embargo, a ambos nos sacarían la misma cantidad, lo que consideré una total injusticia. Por más que lo intenté, el doctor sólo respondía con sonrisas a mi exigencia de que a Pequeño Ed se le sacara por lo menos otro cuarto de litro. Yo estaba seguro que ni lo iba a sentir.
Terminó el procedimiento, y con ello la aguja tamaño manguera de jardín salió de mi brazo. Instantes después iniciaría todo un día dedicados a fingir desmayos, mareos y debilidad que pusieron a Giuseppina al borde del colapso nervioso, especialmente cuando con una actuaciòn digna de nominación al Oscar, Pequeño Ed y yo salimos casi cargándonos el uno al otro de la sala donde se habia hecho la donación.
La verdad es que sí pasé el resto del día como en cámara lenta. Entre un estado de stand by y de somnolencia latente. Eso sì, una buena comida y una noche tranquila de sueño lo curan todo, porque hoy juro que ya estoy completo otra vez… aunque pensándolo bien, ¿cuanto tardaré en tener de nuevo el tanque lleno de sangre? … mmmhhh… uno nunca sabe cuando se necesitaría estar al 100 para cualquier necesidad, y ESO sí es importante.

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